DES-ETIQUÉTAME

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Hoy en día existen etiquetas de todo tipo que categorizan a cualquier persona, orientación y/o tendencia. Clasificaciones que van desde las más ampliamente conocidas como Gay, Lesbiana, Bisexual y Transexual, hasta otras más actuales como Pansexualidad (atracción por personas, con independencia de su sexo y género, en base a su personalidad), Demisexualidad (atracción sexual exclusivamente hacia personas con las que previamente se han desarrollado lazos emocionales estables y de cierta duración), Antrosexualidad (personas que desconocen su orientación sexual, pero cuentan con una flexibilidad sexual que les permite desarrollar vínculos amorosos con cualquier persona, de cualquier género e identidad), etc.

En esta línea, la idea de una etiqueta que dé sentido y orden a nuestros pensamientos, preferencias, sexualidad, etc., parece, a priori, un recurso más que óptimo para alcanzar un buen ajuste psicológico. Pero, ¿qué pasa cuando no encajamos en ninguna? O ¿en base a qué tenemos que definir esas etiquetas para sentirnos plenamente aceptados?. Las respuestas a éstas y otras preguntas son, en numerosas ocasiones, la razón de muchos conflictos internos y, además, se convierten en un motivo de consulta muy demandado, sobre todo, en el colectivo LGTB.

Si nos centramos en los componentes a partir de los cuales pueden estar compuestas esas etiquetas, de forma casi inmediata, empezamos a pensar que las definimos en base a la forma que tengamos de hablar, el tipo de ropa que usemos, el tipo de enseñanza recibida en la infancia, o, incluso, la música que escuchemos en nuestro día a día (entre otros muchos componentes). No obstante, todos esos factores están determinados por un filtro aún mayor, la sociedad, y más específicamente los comportamientos socialmente aceptados en base a nuestro rol sexual. Cuántos de vosotros no habréis escuchado alguna vez la frase de: “Los hombres no lloran o no pueden mostrar sus emociones” o “Una mujer tiene que ser cariñosa y darse siempre a los demás”. Seguir rígidamente este filtro y desear, por encima de todo, establecer y/o encontrar una etiqueta, puede originar que el control de nuestra felicidad y de nuestra aceptación, recaiga en la población general, lo que redunda en una incapacidad de realización propia que nos condiciona, y nos hace buscar la aprobación constante de terceras o cuartas personas para alcanzar un buen ajuste emocional, además de poder desarrollar, en ciertos casos, inseguridad personal, altos niveles ansiedad e incluso insomnio.

En cuanto a no encontrar una etiqueta o categoría que nos aporte significado y nos otorgue un sentido de pertenencia e identificación, es importante tener en cuenta que esa necesidad no cubierta puede originar, en la persona, la intención de buscarla desesperadamente, aun cuando esto exceda sus recursos, para sentir que pertenece a algo y no sentirse diferente. En ocasiones, esa búsqueda, aunque es lógica y necesaria para la persona, no le va a ayudar a salir de la situación en la que se encuentra, ya que el control puede tener efectos paradójicos sobre los sentimientos, emociones, pensamientos y demás sucesos privados. De hecho, puede ocurrir, sin ser motivo de disfuncionalidad, que la persona no se sienta identificada con ninguna etiqueta, o que se identifique con alguna pero no con ésta en su totalidad. La necesidad de buscar esa etiqueta y no lograrlo puede llevar a la creación de un estereotipo de “soy raro” o de “tengo que comportarme de un manera X ya que, según la categoría a la que pertenezco, este comportamiento es necesario”.

Parece que la necesidad de pertenecer a una categoría va en extensión y cada vez más se van creando nuevas etiquetas para aquellos cuya necesidad de pertenencia a un grupo no se encuentra cubierta. En esta línea, recuerda que las etiquetas están para ayudar, como complemento, no como razón invariable. Es necesario que seamos conscientes que las personas somos más que meras etiquetas sociales y no nos podemos definir, únicamente, en base a éstas. Entiende que una etiqueta no te define como persona, ni te hace ser diferente, sólo es un recurso disponible cuyo efecto varía según el uso qué hagamos de él. Es mejor aprender a tener nuestra propia voz, nuestra propia identidad y, en definitiva, nuestra propia vida.

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