Víctimas y verdugos (segunda parte)

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AUTOR: Enrique Schiaffino | Psicólogo colegiado en Madrid.

En los últimos tiempos multitud de colectivos silenciados han ido alzando de forma cada vez más notoria la voz. Es un momento muy interesante y enriquecedor para una sociedad que hace no muchos años se presentaba como monolítica.

Sin embargo no debemos perder el sentido crítico al respecto de las reivindicaciones que nacen dentro de estos movimientos. Es posible que algunas estrategias no sean adecuadas a largo plazo o terminen siendo más dañinas que beneficiosas. Por ejemplo, estamos asistiendo, sobre todo en las redes sociales, a una preocupante tendencia autovictimizante.

Este es un giro que no deja de resultar sorprendente dentro del movimiento LGTBI. Recuerdo que leí hace unos años a alguien que reclamaba que había que salir del armario dándole con la puerta del mismo en la cara a todo el que estuviese cerca. Salir del armario se veía como una fiesta y como una lucha sin cuartel, era un motivo de alegría autoafirmativa aunque a veces implicase un terrible rechazo y abandono por parte de la familia. Por ese motivo el Orgullo es una fiesta. Porque nos cansamos de llorar y de pedir perdón y permiso. Dejamos de ser víctimas y nos empoderamos para adoptar una nueva identidad.

La ira fue una de las emociones que empujó hacia adelante todo este proceso. Nacía del hartazgo de ser perseguidos por la policía, encarcelados, medicados, patologizados, criminalizados, despreciados… La ira es una emoción que resulta muy problemática cuando uno vive instalado en ella pero que en pequeñas dosis puede ser muy poderosa y nos puede hacer avanzar si la gestionamos adecuadamente. Al servicio de la defensa propia puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte, entre la marginalidad y la libertad.

Sin embargo, esa ira parece haberse instalado de forma basal en el movimiento transformándose poco a poco en un proceso de amarga victimización. Las pieles se han vuelto muy finas y la hipersensibilidad a la ofensa impregna a un colectivo que en el pasado gozó de la prerrogativa de escandalizar a los puritanos.

¿Por qué sucede esto?

Ser una víctima es algo muy duro y desde luego es un rol que a largo plazo daña terriblemente, pero al menos es una identidad y es mejor tener una mala identidad que no tener ninguna. Además ser una víctima nos pone en posición de acreedores de aquellos que son nuestros agresores. Esto resulta, naturalmente, muy satisfactorio para muchas personas que gozan ejerciendo de cobradores de reparaciones.

Durante mucho tiempo ser una persona LGTBI equivalía automáticamente a ser una víctima. Algunos dirán que hoy en día eso sigue siendo así y tienen razón. Es importante reconocer que hemos sido y somos víctimas de una sociedad cisheterosexista, pero no podemos quedarnos instalados en el rencor y en la herida, atrapados en nuestra identidad victimaria. Tenemos que sobreponernos al dolor de nuestras experiencias presentes, pasadas y futuras para afrontar la lucha que es la vida armados hasta los dientes.

La víctima busca además un salvador que le repare el daño y la proteja del agresor. Ese salvador puede ser el estado, una asociación o una pareja. El problema de ser salvado es que uno queda en deuda con el salvador. Está bien ser salvado hasta cierto punto. El que nos salva en demasía y nos sobreprotege y nos inutiliza.

El psicoterapeuta puede interpretarse como una especie de “salvador”. Por eso precisamente es necesario que la terapia no sea eterna. En muchas ocasiones una persona que acude al psicólogo lo hace en busca de esa figura salvadora que, durante una parte del camino, le acompañará. Sin embargo, cuando ese acompañamiento se alarga excesivamente en el tiempo puede aparecer una dependencia de la que es difícil librarse. Es necesario tanto por parte del profesional como del paciente ser capaces de evaluar el momento en que la terapia debe finalizar en pro de la independencia y empoderamiento del paciente. La posición de víctima debe ser siempre, y en la medida de lo posible, transitoria.

Porque no queremos ser víctimas eternas ni los nuevos guardianes de la moral. Sigamos escandalizando a los moralistas victorianos del siglo XXI. Para defender el derecho a no ser una víctima se ha luchado durante siglos.

Hagamos honor a la lucha.

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