Vivir conviviendo (Parte segunda)

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Llevo ya un tiempo con alguien, con esa persona que creía me haría feliz, que iba a cambiar mi mundo; pero mi mundo sigue igual y mi estado de ánimo, poco a poco, va regresando a su nivel habitual, la ilusión va dando paso a la “realidad”, el enamoramiento torna al amor o no, dependiendo de cómo se me dé a mí conocer al otro y aceptar sus diferencias. Porque como decía Fromm amar es cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento. No es un “afecto” en el sentido de que alguien nos afecte (cosa que ocurre en el enamoramiento), sino un esforzarse activo. En el que será necesario oír y entender al otro, no esperar que nos adivinen, preguntar lo que no entendamos, ver y aceptar al otro como es y no como nos gustaría que sea y aprender a vivir en las diferencias. Es decir, comprometernos a realizar juntos el camino que lleva al amor.

El camino, será la “convivencia”, tarea ésta en la que comprometernos no será suficiente. Por un lado, tendremos que hacer frente y/o replantearnos los mandatos sociales a los que hemos sido sometidos y/o tenemos introyectados. Mandatos que nos dicen que la pasión, el placer y el deseo infinito han de darse en toda y durante toda la relación, que en nuestra convivencia ha de haber: amor, ternura, amistad, complicidad, belleza imperecedera, estímulo intelectual, amplia vida social, implicación, distribución del trabajo, complementariedad total… Que colocan a la pareja en un estado de exigencia y estrés permanente por gozar y/o conseguir eso que hace que nuestra relación funcione. Y no son estos mandatos, ni la voluntad o el tesón por conseguirlos lo que hace que nuestro amor sea satisfactorio y se mantenga en el tiempo. Por otro lado, en lo personal, será necesario tener en cuenta nuestra “mochila emocional” esos: “no volveré a cometer los mismos errores”, “no permitiré que me ocurra lo mismo”... Ser conscientes de la factura que nos están o estamos pasando por traer al “aquí y ahora” reacciones que corresponden a un “allá y entonces”. No olvidemos que aquello que nos protege de los dardos, también nos distancia de los besos. Y que quizá, algo que allí me exigían aquí ni siquiera lo necesitan. Y además, no olvidar que en nuestra “convivencia” interaccionarán dos maneras iguales, distintas o antagónicas de gestionar el contacto y de valorarme o valorar al otro, es decir, se pondrán a jugar nuestros vínculos de apego.

Por lo que la fórmula de la convivencia sería:

Vivir conviviendo

* Habrá que añadir la influencia de elementos externos y tener en cuenta que algunos de sus elementos varían con el paso del tiempo y/o el momento vital de la relación.

Como podemos observar no es una fórmula mágica, ojalá; pero no existe. Es una fórmula que nos hace conscientes de que vivir en pareja es un acto de voluntad, un esfuerzo en el que se producirá un fenómeno sinérgico de dos delicadezas, dos interioridades y dos modos distintos que producirán un resultado único y singular. Cuya construcción y resultado es producto de una complicada ingeniería interior y sentimental que requiere de nuestro esmero, receptividad, conciencia y sensibilidad.

Vivir conviviendo, es ser sensible a otro ser humano, es querer realizar el camino del amor, es formar parte de un equipo que está constantemente en co-construcción, que coopera para vivir en armonía con esa persona que he “elegido” para proporcionarle bienestar, que deseo se desarrolle por sí misma, por la que estoy dispuesta a responder, a preocuparme y a ver su realidad. Todo, mientras nos comunicamos desde el centro de nuestras existencias, en muchas ocasiones, llenas de dolores y conflictos; y es que “convivir” es un desafío constante, ausente de reposo y lleno de movimiento, trabajo y crecimiento.

Primera parte del artículo

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