Diego andaba con mucho cuidado de dónde le entraba ganas de demostrar la afectividad a su pareja para que ésta no le hiciera la “cobra”. Luis argumentaba que es que no era cariñoso, sin embargo ese cariño parecía ser selectivo ya que en casa o en Chueca no le importaba deshacerse a besos. En el facebook ninguna foto de ambos “hay que ser discretos” comentaba Luis, y Diego sentía una terrible sensación de estar haciendo algo malo o ilegal, sensación de la que él hace años se había desvinculado. Nada de Navidades juntos, ni cenas de empresa, ni irle a recoger al trabajo…
Homofobia: miradas que destruyen
Un día de San Valentín del año pasado, Diego mandó un ramo de rosas al trabajo de su pareja. Éste, cuando las vio, llamó rápidamente a Diego. Lejos de darle las gracias emocionado, le reprochó lo que había hecho alegando que podría haberse enterado todos de aquello y que había sentido mucha vergüenza por el hecho de haber recibido flores de otro hombre. Diego se sintió tan humillado y con tantas ganas de llorar, que en ese momento hubiera roto con su pareja. Pero no lo hizo, porque era más el amor que sentía por él y la esperanza de que avanzara en su proceso que otra cosa. Diego había soñado con casarse algún día con él y formar una familia. Sin embargo, al día siguiente Luis le escribió un escueto mensaje por whatsapp: “creo que te mereces a alguien que te pueda hacer todo lo feliz que no soy capaz de hacerte yo”.